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La vida cambia en un segundo

3 oct
2 min de lectura

Hace justamente 6 años estaba despertando en Austin, Texas, listo para dar las primeras conferencias fuera de mi país. Aunque para muchos pudiera parecerlo, para mí no era poca cosa. Desde adolescente me di cuenta de cuánto disfrutaba comunicar. Y esta experiencia era una con la que había soñado por mucho tiempo.


Recuerdo que temprano ese día salí a correr. Después tuve una videollamada con mis papás. Ambos me desearon lo mejor. Conversamos sobre una parte de la Biblia que dice: «Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Que su amabilidad sea evidente a todos. El Señor está cerca. No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:4-7 NVI). No me imaginaba que esa sería la última conversación que tendría con mi mamá...


Después de esa plática, di conferencias en tres lugares distintos durante el fin de semana. Lo disfruté tanto que olvidé que la vida tenía problemas. Eso sucede usualmente cuando hacemos algo que nos apasiona. Algunos lo llaman "el estado de flow", ese momento perfecto en que te pierdes haciendo lo que te encanta.


Pero la vida cambia en un segundo. Hay momentos en los que sientes que estás en la cima. Y, de pronto, caes en un hoyo profundo. A veces sucede lo contrario. Estás en un mal momento, pero de repente recibes la mejor noticia.


Ese es el juego de la vida. No sabemos realmente qué nos espera al recorrer la siguiente milla. Todo puede cambiar en un instante. No sabes exactamente qué traerá el mañana, el día de hoy o incluso el siguiente minuto.


Al terminar de impartir las conferencias, subí a un avión para seguir hacia mi siguiente destino. No tenía ni la menor idea de que, al bajar de ese avión, mi vida iba a cambiar por completo. Toda la emoción y felicidad que tenía se iba a esfumar en un segundo.


Esa es la vida. El ser humano es tan frágil que, sin importar cuánto éxito tenga o cuánto dinero posea, su vida sigue siendo vulnerable a cambiar completamente en el siguiente segundo.


Si hay algo que describe a la perfección a cualquier ser humano, es cuán efímera puede ser su vida. Es justamente esa fragilidad lo que nos hace tan diferentes de Dios. Mientras la vida puede cambiar en un segundo, Dios permanece siendo el mismo por la eternidad.


Creo que eso fue justamente lo que mi mami quiso dejarme en nuestra última conversación: "Hijo, alégrate en Dios, ¡alégrate porque Él está cerca! No te preocupes por nada porque Él cuidará de ti... Por la eternidad si se lo permites".


Hasta la fecha, nadie ha descubierto el secreto de la inmortalidad ni la cura para la finitud de la vida. Pero mi mami, hace 6 años, me enseñó que lo mejor que puedo hacer con mi vulnerabilidad es dársela a Dios. Así, en medio de mi debilidad, encontraré su omnipotencia.



 
 
 

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